16 de junio de 2011

Relatos ilustrados IX: Página doblada (por Joaquín Artime)


     La muerte de Sofía Aranda nos cogió a todos por sorpresa, sobre todo a mí, que nunca fui capaz de hablar con ella. En cuanto me llegó la terrible noticia, un peso horrendo cayó a mis pies, como empapado en alquitrán. Entendí que durante un tiempo, cada paso supondría un terrible sacrificio, un enorme peso. Probablemente dejaría un rastro negro, una pista que delataría lo que me prometí hacer y nunca cumplí. 

A nadie le había confiado mi secreto. Tampoco es que yo estuviese enamorado de ella. Apenas era una ilusión lejana. Es más, si lo pienso, precisamente era la distancia la que facilitaba el que yo diese rienda suelta a mi imaginación adolescente. La psicoanalizaba. Justificaba cada gesto, cada respuesta, cada sonrisa. La idealizaba sin descanso. Inventaba una vida anterior, en la ciudad. Ponía nombres y caras a viejos amantes. Construía pasiones y dramas entre las paredes de alguna universidad. Incluso, en las tardes más inspiradas, le otorgaba un motivo por el cual huir, y acabar en este maldito pueblo. 

Yo contaba con apenas quince años. Ella tenía veintitantos. Sin embargo, nos unía un interés en común: la lectura. Sofía siempre cargaba algún libro, lo llevaba a todas partes. A veces era fino, otras bien grueso. Me fascinaba que fuese capaz de sentarse en cualquier banco y se pusiese a leer. Llevaba en sí inscrito el desdén del que se cree que no es observado. En Aldibe siempre hay alguien que está mirando, juzgando, pero a ella le daba igual. Era libre. O eso me gustaba creer.

Días después del entierro, su tía vino a casa. Quería hablar conmigo. “¿Para qué?”, le pregunté a mi madre. “No lo sé”, contestó ella. Me negué en redondo, pero sus amenazas bien apuntaladas ganaron el pulso a mi miedo.. En cuanto entré en el salón y me senté en el silloncito, Doña Leila puso un libro sobre mi regazo. “Los chicos de la cancha me han dicho que a ti te gusta leer, ¿es así?”. Asentí avergonzado. “Pues bien, tengo en casa una habitación llena de libros. Son de mi sobrina. No los puedo tirar, no me atrevo. Tampoco los quiero. Son muchos. Me preguntaba si tal vez tú los querrías”. Con el gesto grave, le aseguré que sí. “Bien, aquí te dejo uno. En cuanto lo termines, ven a casa a por otro. Quiero que vayan saliendo poco a poco. Necesito tiempo para…”. No terminó la frase y se fue.

Examiné el libro. “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”, de Hauriki Murakami. Nunca oí hablar de él. Pasé las hojas. Las esquinas de un gran número de páginas estaban delicadamente dobladas. “Al parecer éste era el libro que se estaba leyendo antes de morir”, me informó mi madre. “¿Lo terminó?”, inquirí. “No”, respondió ella.
























Este relato sale publicado en la revista Hoy & Today,  que pueden ver haciendo click aquí.
Joaquín Artime es un artista canario, y este es su blog



7 comentarios:

Ana dijo...

Mi enhorabuena a Joaquin Artime por su relato, me ha gustado mucho, y por supuesto a ti por ilustrarlo, parece que fue a terminar de leerselo al cementerio, que triste.
Otra cosa hay una errata en el nombre de Haruki Murakami, porque pone Hauriki. A propósito, un autor muy especial.
Saludos
:)

Raquel dijo...

Un relato muy bien escrito, y con un final muy interesante; abierto, lo que da pie a imaginarse muchas cosas. Me ha gustado, al igual que tu ilustración; parece un bonito lugar para pasar la eternidad.

Enhorabuena a los dos :)

Enrique Perez dijo...

buen relato man...

alkerme dijo...

Interesante historia e interesante ilustración. Felicidades a ambos.

Saludos,

Guille Rancel dijo...

Gracias a todos!

becko dijo...

Mi sección favorita del blog. Nunca decepciona...

Genial la combinación, felicidades a los dos.

Guille Rancel dijo...

Pronto la segunda parte, Becko ;)