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14 de diciembre de 2017

Lirio





Nació un día de lluvia silenciosa, los ojos grises atentos y la nariz enrojecida. El pelo tan oscuro como el de su padre. Lirio fue la única de sus hermanos que sobrevivió al primer año de vida. Su piel fría la mantenía protegida de mosquitos y serpientes. Fue creciendo como una niña fuerte. Nunca lloraba, pero tampoco sonreía. "Esa tiene la sangre amarga", decían. Todos los veranos su madre le rapaba la cabeza, por aquello de evitar las plagas. Le gustaba atrapar avispas azules con las manos, y lanzar pequeñas piedras a los ratones. Los mataba de un solo golpe, nunca fallaba. El día que cumplió nueve, su padre le fabricó un arco de una madera tan suave y pálida como sus manos. Aprendió a hacerse sus propias flechas con las ramas que arrancaba de los sauces viejos, y las plumas caídas de las águilas de cola blanca que, muy de vez en cuando, sobrevolaban la aldea. Tenía un ritual cuando salía a practicar al bosque, algo casi inconsciente, finas tiras de seda apretadas en los brazos y dos líneas rojizas pintadas en la cara. Las plantas salvajes cosidas a sus ropas y su olor casi inexistente le permitían mimetizarse con aquella atmósfera cálida y densa en la que se perdía. 
Hace ya dos veranos que su madre no le rapa la cabeza, dos veranos desde que la última plaga se llevó a su padre. Ahora luce una melena oscura y espesa, decorada con las flores que hacen honor al nombre que él le puso.  

Relato de Ana Cruz 
IG: @kjhtre

10 de marzo de 2016

Tell me what you see...

   Hillary acarició el espejo con delicadeza, recorriendo lentamente con el pulgar los símbolos que decoraban el marco. Entonces volvió a escuchar la voz de Bagayhú.
La primera vez había sentido miedo, como cualquier persona en su sano juicio. Sin embargo
, las palabras que decía esa dulce voz que tan bien la conocía no podían provenir de nadie o nada malo.
Pese al cosquilleo en la boca del estómago, Hillary pensaba que esa, y no otra, era la voz se su ángel de la guarda.
Nada podía salir mal por seguir su consejo.

Relato de Diego A. González Reinfeld



7 de abril de 2014

Deliciosos manjares voladores


     He intentado explicárselo innumerables veces: sus beneficios para la piel, sus cualidades como diuréticos, sus propiedades mielinizantes e hidratantes para las escamas, pero nada. No se atreve a tragárselos. Por muy alto que le coloque, por muy abierta que le obligue a mantener la boca, no funciona: les mira fijamente, se enternece y les silba un blues.



21 de marzo de 2014

A Señor Cocodrilo no le gusta el agua


A Señor Cocodrilo no le gustaba el agua. Cada mañana me lo subía "a la pela" y cruzaba el riachuelo para pasearle por el parque, con bolsitas para recoger sus cacas. Era un parque especial al que le encantaba ir porque podía comerse a todas las ardillas que quisiera. Se divertía persiguiéndolas. A veces cazaba también a algún conejo, por error. No es mala gente el Señor Cocodrilo. Tampoco es que sea muy listo. Él, sencillamente, disfruta, y por qué no decirlo: las ardillas le saben muy bien. Lo que huelen fatal son sus cacas. Salen escamosas, peludas, con olor a alcachofa morada podrida. Ahora nos han prohibido volver al parque. Han aprobado la ley antidevoración de ardillas, y Señor Cocodrilo no es bienvenido.
Por eso nos pasamos el día así: él subido “a la pela”. Yo escudriñando el riachuelo para pisar siempre sobre las piedras más firmes. Él busca ardillas. Yo invoco a sus intestinos para que no defeque sobre mí. No siempre me sale bien.


Minicuento de Laura Escuela, cuentacuentos.

13 de marzo de 2014

El mes de los cuentos

Lo primero, invitarles a una exposición muy especial que estará estos días en el Café Época de La Laguna. Esta vez les pido a los asistentes que escriban algo inspirado en mis ilustraciones para formar entre todos un cuento. Pueden ver más info en el evento de facebook.
Seguro que sale algo interesante. Pásense por ahí para participar!


Lo segundo...estas dos acuarelas son un trabajo para una gran cuentacuentos: Laura Escuela, no duden en visitar su blog: ¿Quieres que te cuente?




Y, por último, aprovecho para informarles que el próximo Jueves 20 de Marzo se celebra la II Edición del Festival Encuentracuentos, en el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife.
Un espectáculo en el que se mezclan cuentos, ilustración y música y en el que tengo el orgullo y honor de participar.
 Más info en la imagen, y en el evento de facebook:



15 de julio de 2013

El reparto.

El reparto.
Acuarela y tinta sobre papel.

Cuando se separaron, se marchó con lo puesto decidido a comenzar una nueva vida sin ella, a aprender a ver el mundo con nuevos ojos, a vivir experiencias insólitas lejos de su influencia, a no quererla más, a sacarla de su vida a empellones si era necesario: a entender la soledad.

Años después ha regresado y parece que lo ha conseguido: es un hombre nuevo surcado por las mil huellas de vivencias sorprendentes.

Y cada mañana, a la misma hora, se le ve andar por la vereda, pasar por la desvencijada  casa que ambos construyeron y dejar un pedacito de lo vivido sin ella en el buzón.  


Ilustración:  "El reparto" Acuarela y tinta sobre papel. Guille P. Rancel.
Texto: "El reparto" Laura Escuela


24 de febrero de 2013

Relatos ilustrados XIII: El fantasma de mi ex


   Pulsé "Nuevo mensaje" y lo escribí, luego elegí destinatario:  Paulina. Esto no lo habría hecho hace dos semanas a menos que estuviera muy borracho o drogado. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza hacerlo, hasta que empecé a sospechar. Y daba por hecho que jamás lo haría por una sencilla razón: Paulina estaba muerta. Ella era mi novia, murió en un accidente doméstico relativamente común. Resbaló tras sufrir un corrientazo en el baño, usando el secador con el grifo abierto, y su cabeza chocó contra el bidé violentamente provocando una muerte instantánea, aunque no me gusta entrar en detalles.
Me costó pasar página después de aquello, al menos una semana estuve sin pensar o acercarme a otra mujer... Al octavo día me di de alta en una de esas páginas de buscar pareja. El captcha que me apareció fue:




   Esa fue la primera vez que sospeché que el fantasma de mi ex seguía pululando a mi alrededor.  Nunca había creído en fantasmas, Casper o la Chica de la curva tenían la misma credibilidad para mi: ninguna.  La segunda vez que sospeché fue una noche en un bar, unos días después de aquello. Conocí a una chica y nos besamos. Cuando me aparté para invitarla a una copa cayó sobre ella un foco, justo en la cabeza. Quedó inconsciente dos semanas y perdió el 73% del cabello debido a las quemaduras. Fui a verla al hospital cuando se recuperó, y descubrí que había olvidado todo lo sucedido aquella noche, y eso que insistí varias veces en explicarle cómo nos besamos y cuánto parecía gustarle. Eso no gustó nada a su novio, que estaba también en la habitación. Mi mandíbula conoció su puño y su experiencia en el boxeo antes de que me diese cuenta de la situación. Tres puntos de sutura. La enfermera que me cosió no estaba nada mal y conseguí su número tras parecerle interesante o darle pena, una de dos. Escribí su número en un papel y me lo guardé en la cartera. Cuando llegué a casa y saqué aquel papelito vi que el número ahí apuntado era el de Paulina. Tercer indicio de su presencia...

   El cuarto y más evidente motivo que me hizo sospechar, fue cuando me acosté con una chica en mi casa. Se disponía a darme placer oral cuando apareció tras ella una forma incorpórea, brillante y etérea, gaseosa y traslúcida, con la cara de mi ex, el pelo de mi ex y una expresión de furia idéntica a las que ponía mi ex, Paulina. Aparté a la chica de mi, salí de ella y le pedí que se vistiera y se fuera, argumentando una necesidad de paz interior incontenible. Tras el tortazo que me dio (justo en la zona de puntos) se fue gritando y maldiciendo, dando un portazo y un más que posible punto final a nuestros encuentros…Entonces escuché una risa, tímida y nerviosa. La risita de mi ex. 




   Estoy seguro de que sigue aquí, me observa y se pone celosa cada vez que me acerco a una chica, hace lo que sea porque siga siendo suyo...
He tratado de comunicarme con ella, he hecho rituales satánicos, llamado a líneas de tarot, acudido a "Más allá de la vida", hecho sacrificios, invocaciones, rezado y maldecido y las respuestas no aparecen. Quiero romper con ella definitivamente, explicarle que una relación así no es sana, ella está muerta y yo sigo cotizando como persona física. Ella solo puede manifestarse de formas siniestras y eso a mi no me pone nada. ¿Cómo la llamaría para quedar? ¿Usando una Ouija? ¿Cómo sé que no me mira cuándo cago o me masturbo? Es imposible que sigamos siendo pareja de ese modo. Por eso decidí algo que quizás solucione lo nuestro o ponga fin a esta insufrible situación...
Saqué el papelito de la cartera, luego el móvil y escribí el SMS:
"Cariño, si me quieres, mátame"  

8 de agosto de 2012

Relatos ilustrados XII: Rocnalú (por Gloria T Dauden)


Era un día estupendo para la pequeña Rocnalú. Hacía unos cuarenta grados a la sombra y soplaba un viento tempestuoso, de los que arrancan árboles y montañas. Se había puesto su abrigo favorito, verde con estampados de flores y rombos. Después se miró al espejo con una sonrisa triunfal. Los dos dientes de leche que le quedaban la saludaron al abrir la boca.  Debido al viento no era necesario peinarse. Se rió y lanzó el cepillo al estante de abajo. Se puso unas botas de lluvia rojas con mariposas amarillas, azules y  violetas y, dando saltos, salió de casa.
Ya estaba en el jardín, a punto de cruzar la verja roja que daba a la calle, cuando se topó con su abuelo. Nodimri llevaba doscientos años retirado, dedicado a la pesca y a los juegos de cartas. Había sido un dios de la guerra en sus tiempos mozos, aunque a Rocnalú le costaba imaginarlo poderoso, iracundo e imponente con las pintas que llevaba ahora. Vestía un mono muy ancho de color amarillo yema y hedía a gusanos machacados y cabezas de pescado.
—¿A dónde crees que vas? —le increpó el anciano.
—A jugar.
—¿Cuántas veces te he dicho que no puedes salir entre semana? Tienes que estudiar para poder ser una gran diosa de la guerra o, al menos, de las artes. No vayas a acabar como mi sobrina tercera, de simple musa de autores de cancioncillas para verbena.
—Me voy a jugar —insistió Rocnalú más terca que nunca.
—¡No vas! —la voz del abuelo sonó tan alta que los pájaros de todo el continente se quedaron sordos.
Rocnalú dio tal pisotón que removió el suelo marino, causó dos maremotos y un eclipse lunar.
—¡Claro que voy!
—¡No! ¡No vas! —el abuelo puso en marcha uno de sus polvorientos trucos de antaño. Se rodeó de una nube de cenizas que olían a azufre y de llamaradas entre las que se veían cabezas de tigres y dragones. Su boca desdentada se transformó en un hocico de lobo. Arqueó el cuello y aulló muy fuerte.
—Que no, abuelo. Que no me das miedo. Te lo he dicho mil veces.
Él rugió de nuevo, pero esta vez sonó a estornudo.
—Además —añadió  Rocnalú—. Tia Nomri no quiere que hagas estas tonterías. Te cansas y el azufre te sienta mal. Te dolerá la cabeza toda la tarde.
El viejo refunfuñó mientras desaparecían las cenizas y las llamas. Su hocico de lobo se mantuvo.
—¿Pensarás en lo que te he dicho sobre tu futuro?
—Claro —sonrió ella mostrando orgullosa sus dos dientes.
En cuanto el abuelo se dio la vuelta y comenzó a andar hacia casa, Rocnalú descruzó los dedos.
Salió corriendo. Saltó sobre los árboles, como si fuesen briznas de hierba. Después se camufló entre montañas y se sentó. Miró los tejados del pueblucho más cercano con una sonrisa. Desde allí inspiraría a algún incauto aldeano repetitivas melodías, pensó mientras soñaba con hacerse mayor para ser la musa de las canciones del verano.




El relato es de Gloria T Dauden, aquí tienen enlace a su página de Facebook y su mail.
GloriaTorresDauden
Espero que les guste!



30 de octubre de 2011

Loco me llama...





No sé quién está más loco. Si tú por cantar a medianoche o yo por buscar una mancha más limpia.
No te preocupes, estoy bien normal. 

10 de agosto de 2011

Relatos ilustrados XI: Página doblada (III)



Por un momento creí que se podía tratar de una nota de suicidio. Un último esfuerzo por
explicarle al mundo el por qué se había quitado la vida, pero no fue así. En cuanto mis
manos temblorosas desdoblaron aquel trozo de papel, sólo hallaron dos palabras escritas
de su puño y letra, en tinta negra: ¿Para qué?

Su rotundidad apelmazó mi ánimo. Me contrajo el estómago y me sumió en la más
terrible de las tristezas. Ni cuando me contaron cómo había muerto me había sentido tan
atronadoramente desorientado. Después de todo, Sofía siempre había sido una persona
solitaria, y aunque se mostraba amable y afectuosa, todos sabíamos que cargaba un
visceral silencio sobre sus delicados hombros.

Un silencio que la acompañó hasta lo más alto del acantilado. Que la contempló
mientras se quitaba la pamela, las chanclas; mientras doblaba el vestidito blanco, la
ropa interior; mientras colocaba, con sumo cuidado, sus últimas pertenencias en el
borde del precipicio. Un silencio que nada dijo cuando el viento se llevó consigo las
telas. Un silencio que no supo darle motivos para quedarse en tierra. Que no puso freno
entre aquella muchacha desnuda y las rocas donde rompía el mar. Y que sólo se quebró
cuando Pedrito descubrió el cuerpo de Sofía Aranda.

Aquella misma noche no hubo tregua. Las lenguas de Albide formularon todo tipo de
hipótesis. Y la única que lloraba, la pobre Doña Leila, no encontró descanso alguno en
brazos de nadie, salvo en el rumor de las olas golpeando la costa, junto a las chanclas
que Pedrito no había sido capaz de tocar.

Con el libro, había logrado alejar de mí todos aquellos pensamientos. Incluso había
conseguido que la imagen de Doña Leila bajando por el camino de las luciérnagas,
con las chanclas en las manos y la cabeza gacha, de camino a su casa, se hubiese
desdibujado, no fuese más que un vago recuerdo plagado de niebla. Supongo que sólo
estaba posponiendo mi sentimiento de pérdida. Que mi lectura rescataba el recuerdo de
aquella chica enigmática, la mantenía con vida. Y cuanto más me rebanaba los sesos por
encontrar sentido a todas aquellas páginas dobladas, sobre todo la del final, buscando
frases que la definiesen, más me alejaba de quién era Sofía en realidad.

El papel había surgido de la nada para evidenciar que ella no era quien me estaba
construyendo en la cabeza. Era otra. Otra que por último preguntó: ¿Para qué? Y yo,
que no sabía a qué se refería, por más que leí sus libros, nunca hallé respuesta.

Fin


Texto: ElSoldeLucía
Ilustración: Guillermo Pérez Rancel

Pueden leer este relato en la revista Hoy & Today, y si quieren leer el relato al completo hagan click en la pestaña Relatos ilustrados o viceversa.

12 de julio de 2011

Relatos ilustrados X : Página doblada II

Y continúa el relato, esta segunda parte escrita por Carmen Martín e ilustrada por mí. Y de nuevo sale publicado en la revista Hoy & Today. Espero que les guste:



        No podía detenerme, era superior a mí, daba igual el resto del mundo, me encontraba ajeno a él por completo. Mi meta estaba fijada en esa última hoja, la que tenía un pequeño doblez en una esquina. Lo último que Sofía había leído antes de morir. Me intrigaba saber qué había sido eso último, si ahí se escondía acaso la respuesta de su muerte, una pista.

Así que leía sin detenerme. Mi madre me había arrancado el libro de las manos el día anterior con la amenaza de no devolvérmelo si no descansaba y comía algo. Ella no lo entendía, nadie podía entenderlo, sólo yo, sólo ella y yo. Pero ella ya no estaba y yo mantenía la leve esperanza de que si ponía atención a esa última página, entonces entendería el porqué de su decisión.

Durante los días en que leí con desenfreno no pensé en ella ni en el hecho de que ya no estaba aquí, de que hacía días que no la veía pasear con su libro bajo el brazo y esa pamela blanca que llevaba cuando se iba al prado a leer bajo el roble de la ladera.

No había tiempo para eso, sólo me concentraba en entender la historia que leía y mientras avanzaba, a cada página, intentaba encontrar una conexión, intentaba recordar si ella, como el protagonista, iba perdiendo parte de sí misma por el camino, si dejaba atrás cada día un poco de sí y se iba tornando gris y anodina, pero yo jamás la vi así, nunca fue gris, quizá azul o un poco malva, pero nunca gris.

El domingo por la mañana, casi sin darme cuenta, mis dedos pasaron la última página marcada, la última señal de su vida en el libro. Cerré los ojos, respiré hondo y los abrí de nuevo poniendo en ellos cada uno de mis sentidos.

Leí con prudencia, con detenimiento, con ansia. Pero no encontré nada. Nada que me dijera qué había pasado. ¿Era yo tan estúpido como para pasar una pista por alto? Yo, que tenía las obras de Schlink como libro de cabecera.

No era posible. Algo no encajaba, algo no estaba bien. Lancé con ira el libro contra la pared, se estrelló con un ruido seco y cayó con sus hojas abiertas, como hablándome, pidiendo una segunda oportunidad.

Me restregué los ojos, enfurecido, sintiéndome estúpido por creer que algo se ocultaba, que yo era especial y que podía ver cosas que al resto del mundo le pasaban desapercibidas. Estúpido. Me arrodillé en la cama y vi el libro en el suelo. Un fino papel color sepia se abría paso entre las hojas abiertas, justo detrás de la última página marcada.



16 de junio de 2011

Relatos ilustrados IX: Página doblada (por Joaquín Artime)


     La muerte de Sofía Aranda nos cogió a todos por sorpresa, sobre todo a mí, que nunca fui capaz de hablar con ella. En cuanto me llegó la terrible noticia, un peso horrendo cayó a mis pies, como empapado en alquitrán. Entendí que durante un tiempo, cada paso supondría un terrible sacrificio, un enorme peso. Probablemente dejaría un rastro negro, una pista que delataría lo que me prometí hacer y nunca cumplí. 

A nadie le había confiado mi secreto. Tampoco es que yo estuviese enamorado de ella. Apenas era una ilusión lejana. Es más, si lo pienso, precisamente era la distancia la que facilitaba el que yo diese rienda suelta a mi imaginación adolescente. La psicoanalizaba. Justificaba cada gesto, cada respuesta, cada sonrisa. La idealizaba sin descanso. Inventaba una vida anterior, en la ciudad. Ponía nombres y caras a viejos amantes. Construía pasiones y dramas entre las paredes de alguna universidad. Incluso, en las tardes más inspiradas, le otorgaba un motivo por el cual huir, y acabar en este maldito pueblo. 

Yo contaba con apenas quince años. Ella tenía veintitantos. Sin embargo, nos unía un interés en común: la lectura. Sofía siempre cargaba algún libro, lo llevaba a todas partes. A veces era fino, otras bien grueso. Me fascinaba que fuese capaz de sentarse en cualquier banco y se pusiese a leer. Llevaba en sí inscrito el desdén del que se cree que no es observado. En Aldibe siempre hay alguien que está mirando, juzgando, pero a ella le daba igual. Era libre. O eso me gustaba creer.

Días después del entierro, su tía vino a casa. Quería hablar conmigo. “¿Para qué?”, le pregunté a mi madre. “No lo sé”, contestó ella. Me negué en redondo, pero sus amenazas bien apuntaladas ganaron el pulso a mi miedo.. En cuanto entré en el salón y me senté en el silloncito, Doña Leila puso un libro sobre mi regazo. “Los chicos de la cancha me han dicho que a ti te gusta leer, ¿es así?”. Asentí avergonzado. “Pues bien, tengo en casa una habitación llena de libros. Son de mi sobrina. No los puedo tirar, no me atrevo. Tampoco los quiero. Son muchos. Me preguntaba si tal vez tú los querrías”. Con el gesto grave, le aseguré que sí. “Bien, aquí te dejo uno. En cuanto lo termines, ven a casa a por otro. Quiero que vayan saliendo poco a poco. Necesito tiempo para…”. No terminó la frase y se fue.

Examiné el libro. “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”, de Hauriki Murakami. Nunca oí hablar de él. Pasé las hojas. Las esquinas de un gran número de páginas estaban delicadamente dobladas. “Al parecer éste era el libro que se estaba leyendo antes de morir”, me informó mi madre. “¿Lo terminó?”, inquirí. “No”, respondió ella.
























Este relato sale publicado en la revista Hoy & Today,  que pueden ver haciendo click aquí.
Joaquín Artime es un artista canario, y este es su blog



11 de febrero de 2011

Relatos ilustrados VIII: Restaurante cocodrilo


A la orilla del río, un cocodrilo llorón se quejaba de sus dolores de encía. Dencía, digo, decía que al no tener dientes de oro no podía permitirse ni un blanqueado dental en el dentista. Tal roña se acumulaba en su larga mandíbula que sus lágrimas de cocodrilo y su voz lastimera alertaron a un pajarito rosado y enclenque que pasaba por ahí.
 - ¿Qué te pasa, cocodrilo? ¿Lloras por lo bella que es la luna? - El pájaro era en extremo sensible.
 - No digas boberías, pajarraco, me duele aquí. - dijo el viejo reptil abriendo su bocaza
 - ¿Dónde, lindo amigo? Soy pequeño y para mí tu boca es como un jardín inexplorable de plantas carnívoras deseosas de hincarme el diente...
 - Pues eso, pesado, los dientes me duelen.
 - ¡Oh, los dientes! Qué triste coincidencia. Un carnívoro sin dientes es como una flor sin pétalos en una noche estrell...
 - Cállate, pesado, tu voz de pito hace que me duelan más las encías. ¿Podrías adentrarte en mi boca y mirar cómo están mis dientes?
 - Si es un truco vulgar de carnívoro hambriento no seré yo el que sospeche, pues la vida me ha hecho benévolo e ingenuo - dijo adentrándose en las fauces del animal  - Oh, qué curioso, tienes acumulada entre incisivo, colmillo, molar y premolar suculentos tesoros culinarios.
El cocodrilo pensó que para ser tan delicado en las formas, aquel pájaro no gozaba de un gusto demasiado exquisito. Empezó a picotear de aquí y de allá y al cocodrilo se le fueron disipando los dolores.
 - ¡Rico, rico!

   Las noches siguientes la boca del cocodrilo era un festín, muchos pájaros se acercaron a probar los platos que preparaba el ya no tan pequeño pájaro, cuyo volumen había crecido perceptiblemente. Así les dijo a sus invitados:
 - ¡Qué gran invento la cocina de diseño!
 - No, no, no - le respondió uno de ellos - ¡Qué gran invento la simbiosis!


Otra ilustración de Baobab

29 de junio de 2010

Relatos ilustrados o viceversa VII: O algo así.


Sostenía el violín con maestría, y recuerdo que rogó que la disculpásemos por si tocaba con los ojos cerrados. Dijo que así no solo estaba tocando, sino sintiendo.
Me senté en la última fila, sin pensar en la música, pero teniéndola en consideración. Su cabello en espiral hacía juego con la cola del vestido, como un laberinto, seguir su recorrido me llevaba a ninguna parte. Sentí por aquel instrumento de cuerda una terrible envidia.
Se apoyó en la banqueta, pero mantuvo uno de sus pies en contacto con la tarima. Con su mano derecha sacó de las profundidades de su pelo rizado un arco para el violín, con el que pareció apuntarme durante un momento. Empezó a tocar, más bien a abocetar una melodía, aunque los músicos prefieren llamar a este proceso "afinar".

Y aunque yo quería hacer como ella, cerrar los ojos y sentir, no pude dejar de mirar.

30 de mayo de 2010

Relatos ilustrados o viceversa VI: Los árboles libidinosos.



Un sendero atravesaba el bosque como si de una cicatriz se tratase. Nina siempre recorría aquel camino de regreso a casa. Era el mismo camino, pero al revés, cuando iba a trabajar. Era tarde, el sol se había puesto, y aún quedaba un puñado de kilómetros hasta llegar a su meta. Nada interrumpía sus acompasados pasos, ni siquiera las ganas de descalzarse, ni las ganas de visitar el baño. Pensaba: “Debí haber ido antes de salir de la oficina”

Cuando el sol se puso, y los búhos despertaron, las ganas parecían incontenibles, pero no recordaba que hubiese un cuarto de baño en aquel camino. Recordó las sabias palabras de su abuelo “todo el bosque es un cuarto de baño”. Pero pensó que lo había pensado, cuando en realidad no lo había hecho; era un susurro proveniente de la espesura. Se detuvo, giró noventa grados, se quitó los zapatos de tacón, y se adentró en la arboleda.
Cuando se alejó lo suficiente de la carretera vio a lo lejos lo que parecía un retrete. ¡Un baño en medio del bosque! ¡Qué oportuno! Pero eso no era lo más interesante, en las ramas de un árbol se veía claramente un cartelito que indicaba que el servicio era de señoritas. Había un espejo, y un lavamanos con dispensador de jabón.
-¡Qué suerte!- dijo en voz baja.
-¡Qué suerte! – dijo otra voz poco después.
¿Eco en el bosque? ¿Será posible? - pensó. Se bajó los pantalones. Unas risillas y jadeos acompañaron su íntimo momento. Dedujo que sería el viento. Aunque a esa hora ni una hoja se movía del suelo, y la espesura impedía que cualquier resto de brisa entrase. Se bajó la ropa interior y se sentó en la taza, entonces se oyeron suspiros y resoplidos. Cuando se fueron calmando, hizo fuerzas para evacuar, pero era incapaz, es más, cuanto más fuerza hacía, menos podía, y más fuertes eran los aullidos y silbiditos a su alrededor. El miedo y desconcierto hicieron que no fuera capaz de desahogarse. Parecía que un séquito de hombres viciosos le vigilaba. Se levantó, con cara de pánico, y corrió mientras se subía otra vez los pantalones hasta llegar a la carretera.
-La próxima vez no hagan tanto ruido, coño. Que para una vez que pica… -dijo el árbol que sostenía el cartel con el símbolo.
- Te dije que pusiéramos un baño de hombres, vendrían más. – dijo el árbol que sujetaba el espejo.



9 de marzo de 2010

Relatos ilustrados V: ¿Cómo era?


Todo era tópico.
La gramola, la luna,
Jazz de fondo. Billie de canción de cuna.
Una luz cenital que marcaba los rasgos de dos.
Incluso las preguntas eran tópicas.
¿Qué hace una chica como tú en un sitio tan peligroso como este?

Esa pregunta podía significar pocas cosas, como que recurría a frases de cine para salpimentar mi insípida labia.
Frases tipo:
"Deja la botella"
"No, Tom, has bebido demasiado. Llamaré a un taxi para que te lleve a casa"
"Te pagaré más"
Tom sabe que en los taxis no le van a servir copas, solo un precio abusivo y algún que otro mareo.
Por eso decide quedarse. Porque algo le dice que debe quedarse. Pero el camarero no le va a servir más, y todo esto no le va a servir de nada.
Llamémoslo alcoholismo.
O amor por la botella, que queda bien como conjunto y suena bien cuando lo pronuncia alguien sabio. Como todo lo que pronuncie alguien sabio.
Pero quizás no era eso.
La pregunta también podría significar que el sitio fuese peligroso.
Y la definición del diccionario de la última palabra de la frase anterior no significaba mucho. Al menos entonces. Parecían John Travolta y Uma Thurman hablando sobre silencios incómodos.
Salieron del lugar nosesabecuántodespués. Y por el mismo lugar por el que entraron. ¿La razón por la que estaban allí? Ya nos la inventaremos.
Un poco con la sensación de dejarse algo, como cuando viajas.
Con nervios, como cuando viajas. Con recuerdos, como cuando viajas.

Lo estoy viendo.
Mi primera película.
Formato panorámico.
Cinta en blanco y negro por exigencias del guión.
Músicos contratados.
Mucho diálogo, poca acción.
Un casting selectivo.
Pocos extras, algunas cámaras, mucho juego de luz.
Fundidos en negro.

Sólo falta el título.


-No has respondido a mi pregunta...¿Cómo era?
-Pensé que preguntabas por mi idea.
-No. Por ella.
-Ah, pues...




Escribo poco. Y sé que muchos de los que entran aquí lo hacen por costumbre, necesidad o desahogo. Diversión también. Hoy creo que ha sido un poco de todo. Sigan con ese noble vicio de la escritura.
Saludos.

26 de enero de 2010

Relatos ilustrados IV: Crónica de una quimera porcina (por Daniel R.)

Relatos ilustrados, o viceversa; esta vez con relato de Daniel R. del blog Lo contrario de un beso.

El amor, al igual que los excrementos, puede encontrarse en los lugares más insospechados. Yo lo hallé en una salchicha de Frankfurt, cuando trabajaba en una fábrica gris de envasado de salchichas. Para una persona enamoradiza, este hallazgo sería menos raro que para mi, pues una especie de frigidez congénita me ha privado siempre de experimentar las sensaciones secundarias a este sentimiento. Nunca sentí pasión alguna por mi familia. Los perros, los gatos y los niños me parecen seres neutros y aún no ha habido bípedo o cuadrúpedo que me enternezca hasta efectuar secreción sudorípara, salivar o lacrimal alguna. Miro con el mismo fervor las películas románticas y las operaciones de hígado. Beso a las muchachas igual que a mi abuela o un maniquí.
En principio, una salchicha no debería ser una entidad con capacidad para inocular en mi un sentimiento de la importancia del amor, puesto que a priori se trata de un ser inerte de origen porcino, incapaz de confundir la compleja mente humana. Pero en el momento del flechazo, algo hizo que esta salchicha se convirtiera para mi en un ser de un potencial magnético insoportable. Quizá fuera la reverberación de la luz otoñal entrando a través de una persiana de la fábrica lo que le dio un fulgor irresistible, un nimbo etéreo, una apariencia epifánica. Quizá fue que ese día tenía las defensas bajas. En cualquier caso y siendo pragmáticos, lo importante no es cómo sucedió esta situación sino cómo me enfrentaré a ella.
Las dudas se han concentrado en mi desde que la salchicha es mi amor secreto. Mi inexperiencia y la rareza del caso me pueden. Qué debo hacer para interactuar con el objeto amado. ¿Plantarlo en una maceta? ¿Colocarlo en un altar? ¿Frotarme con el? Cómo saciará las necesidades que surgen tras el tacto. Qué será de ella cuando yo muera. Toda esta incertidumbre me causa un enorme desasosiego en un área subcutánea de veinte centímetros alrededor de mi ombligo.
Mientras tanto mis hábitos de vida han cambiado. Me he vuelto ovo lacto vegetariano por respeto a la salchicha. Me he convertido en budista y espiritista, para intentar contactar con su vida anterior. Hace poco estuve pensando que la salchicha en su vida primitiva no era un todo en si mismo, sino solamente una parte de un todo, lo que me hizo experimentar una sensación de absurdo espiritual y una profunda congoja en la garganta, tanta que aun hoy me dan ganas de llorar cuando trago.
Yo hablo con la salchicha, le susurro palabras dulces, le recito poemas de Neruda, le compro verduras en el supermercado, y a veces me parece que se eriza, que la enternezco, que se humedece, que su piel se vuelve más rosada. Pero otras veces parece tan fría, tan seca, tan distante que pienso que igual no me corresponde, que quizá se trate de una salchicha nihilista, deprimida por su escasez de autonomía y sus parcas expectativas vitales o que simplemente no esté enamorada de mi sino de otro. Entonces siento celos, la insulto, me arrepiento, le pido perdón de rodillas y mientras espero por su parte alguna señal de indulgencia a mi arrebato celopático, pienso que la vida es demasiado complicada.


16 de septiembre de 2009

Cercenar

Pobre muchacha...

Yace inmóvil sobre una fría camilla metálica, y parece estar disfrutando de un plácido sueño.
Sin embargo, eso de disfrutar se le había acabado hace tiempo... unas 24 horas diría, según el estado del cuerpo a simple vista. Tendría alrededor de...25 años . La habían encontrado bastante lejos de la ciudad, en mitad de una carretera comarcal y totalmente desnuda. La causa de la muerte es aún un enigma, pero estaba seguro de que no había sido desangrándose.
Se veía tan joven e inocente.

Era atractiva.

O lo sigue siendo.


- ¿Dónde está la pieza que falta?

(Suena el teléfono)

22 de abril de 2009

La historia de esta ciudad (Primer contacto)

Adelanto algo sobre el libro en el ando inmerso, con el que estoy bastante contento, en cuanto tenga las 5 primeras páginas con sus respectivas ilustraciones las cuelgo, a modo de capítulos. Aquí dejo algunos bocetos y estudios de personajes.

Quienes conocen esta historia saben de la existencia de una ciudad. Quienes la han visitado han oído leyendas sobre un anciano pintor de grandísima altura. Los que viven en ella le echan de menos, y quizás sea porque mucho tiempo ha pasado desde que aquel colosó pinto a brocha y pincel cada edificio. Quienes convivieron con el gigante hablan sobre él, pero son muy pocos los que lo vieron y menos aún los que lo recuerdan. Ha pasado mucho tiempo desde entonces...
Los habitantes y los colores comparten algo en común, han envejecido con el tiempo. Se dice que, antes de marchar muy lejos, el gigante decidió pintar una última cosa: la Torre Alta.




Torre alta - Boceto en acuarela


¿Coco y Cecé? Boceto en acuarela


Hombre señal indica el camino


Tolón tolón.

22 de junio de 2008

Ilustraciones relatadas III: Honor y menciona.

Alguien menciona mi nombre. Podría ser cualquier persona que lo conociese, pero fue precisamente ella.

Alcé la vista, y vi como sus ojos estaban sobre mí mucho antes de que yo los abriese. ¿Su cara? Se podría decir que las circunstancias hacían de sus rasgos un collage difícil de descifrar. Se podría decir incluso que su cara era de circunstancias. Dejé que el tedio que me empapaba de arriba a abajo cayera estrepitosamente. Me levanté, preparé mis bártulos y ella revisó su atuendo. Estaba guapa, pero eso no significaba que su indumentaria fuese acorde a mi gusto. Mientras yo me vestía, ella aprovechó para mirarse en el espejo y retocar su delicado decorado facial. Qué guapa se creía, sabía que sus virtudes sobre el escenario no podrían verse empañadas por un defecto de aquella pintura mural que sostenía su cabeza, que bien se conocía.

Después salimos, con la típica mirada de saber que no estamos en el lugar adecuado. Esa mirada más de película que de libro. Subimos al coche, como siempre ella bajó el espejo que descansaba frente a su asiento y continuó con la pertinente manipulación de su lienzo, en este caso, sus ojos. Tiernos e inocentes.

Lo siguiente que sucedió fue previsible, puse la radio mientras ella miraba pensativa el paisaje colindante. Lo sucedido en el trayecto fue irrelevante, hasta que cuando empezaba a avistar el final de aquel viaje un sonido alertó mi calma. Por el retrovisor luces de color azul parpadeaban y sólo podían significar una cosa. Las autoridades pertinentes, en este caso, impertinentes. Paré.

El agente se acercó con parsimonia mientras yo lo observaba por el retrovisor izquierdo. Su andar era lento pero seguro, pesado pero consistente, y temible como ninguno.

El sonido que acompaña a una ventanilla bajándose se vio eclipsado por la pregunta del policía:

-¿Señor, a qué velocidad circulaba?

Miré el velocímetro por primera vez en todo el viaje, pero entonces marcaba cero.

- No lo sé, señor agente.

- Bien, deme los papeles.

Aquellos grotescos encuentros burocráticos me horrorizaban, nunca estaba seguro de llevar encima todos esos documentos acreditativos e indispensables. Miré a mi compañera, ella volvía a mirarme con aquella cara de desesperación con la que me había despertado. Quizá si el agente viese y descifrase aquel rostro me dejase seguir mi precipitado camino.

- Un momento, por favor.

- Vaya, qué princesita más guapa.

La vio, era el momento clave.

- ¿A dónde la llevas, Romeo?

No sé si el tono era simpático o de ese gusto irónico que les suele caracterizar. Y más a las 9:30 de la mañana. Media hora tarde, mi honor empezaba a tambalearse. Empezaba a ver la cara de mi esposa, herida y enfadada. ¿Cómo has podido? ¡Eres un desastre! Hoy era un día importante. Entonces formulé la respuesta de la que casi me había olvidado:

- ¿Que a dónde vamos? Hoy mi hija tiene la función de fin de curso, y llegamos media hora tarde.

- Ah, felicidades jovencita. Por hoy se la perdono, caballero, pero tenga ojito.

- Gracias señor agente, ya sabe los fallos que suelen dar esos despertadores.

Se río y pronunció algo indescifrable mientras se alejaba rumbo a su vehículo. Arranqué y seguí, el colegio no quedaba muy lejos, y por suerte, la lluvia retrasó el evento.

Menos mal.

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