Relato de Ana Cruz
14 de diciembre de 2017
Lirio
Relato de Ana Cruz
10 de marzo de 2016
Tell me what you see...
La primera vez había sentido miedo, como cualquier persona en su sano juicio. Sin embargo, las palabras que decía esa dulce voz que tan bien la conocía no podían provenir de nadie o nada malo.
Pese al cosquilleo en la boca del estómago, Hillary pensaba que esa, y no otra, era la voz se su ángel de la guarda.
Nada podía salir mal por seguir su consejo.
7 de abril de 2014
Deliciosos manjares voladores
21 de marzo de 2014
A Señor Cocodrilo no le gusta el agua
13 de marzo de 2014
El mes de los cuentos
Seguro que sale algo interesante. Pásense por ahí para participar!
Lo segundo...estas dos acuarelas son un trabajo para una gran cuentacuentos: Laura Escuela, no duden en visitar su blog: ¿Quieres que te cuente?
Y, por último, aprovecho para informarles que el próximo Jueves 20 de Marzo se celebra la II Edición del Festival Encuentracuentos, en el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife.
Un espectáculo en el que se mezclan cuentos, ilustración y música y en el que tengo el orgullo y honor de participar.
Más info en la imagen, y en el evento de facebook:
15 de julio de 2013
El reparto.
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Ilustración: "El reparto" Acuarela y tinta sobre papel. Guille P. Rancel.
Texto: "El reparto" Laura Escuela
24 de febrero de 2013
Relatos ilustrados XIII: El fantasma de mi ex
8 de agosto de 2012
Relatos ilustrados XII: Rocnalú (por Gloria T Dauden)
30 de octubre de 2011
Loco me llama...
No sé quién está más loco. Si tú por cantar a medianoche o yo por buscar una mancha más limpia.
No te preocupes, estoybiennormal.
10 de agosto de 2011
Relatos ilustrados XI: Página doblada (III)
Por un momento creí que se podía tratar de una nota de suicidio. Un último esfuerzo por
explicarle al mundo el por qué se había quitado la vida, pero no fue así. En cuanto mis
manos temblorosas desdoblaron aquel trozo de papel, sólo hallaron dos palabras escritas
de su puño y letra, en tinta negra: ¿Para qué?
Su rotundidad apelmazó mi ánimo. Me contrajo el estómago y me sumió en la más
terrible de las tristezas. Ni cuando me contaron cómo había muerto me había sentido tan
atronadoramente desorientado. Después de todo, Sofía siempre había sido una persona
solitaria, y aunque se mostraba amable y afectuosa, todos sabíamos que cargaba un
visceral silencio sobre sus delicados hombros.
Un silencio que la acompañó hasta lo más alto del acantilado. Que la contempló
mientras se quitaba la pamela, las chanclas; mientras doblaba el vestidito blanco, la
ropa interior; mientras colocaba, con sumo cuidado, sus últimas pertenencias en el
borde del precipicio. Un silencio que nada dijo cuando el viento se llevó consigo las
telas. Un silencio que no supo darle motivos para quedarse en tierra. Que no puso freno
entre aquella muchacha desnuda y las rocas donde rompía el mar. Y que sólo se quebró
cuando Pedrito descubrió el cuerpo de Sofía Aranda.
Aquella misma noche no hubo tregua. Las lenguas de Albide formularon todo tipo de
hipótesis. Y la única que lloraba, la pobre Doña Leila, no encontró descanso alguno en
brazos de nadie, salvo en el rumor de las olas golpeando la costa, junto a las chanclas
que Pedrito no había sido capaz de tocar.
Con el libro, había logrado alejar de mí todos aquellos pensamientos. Incluso había
conseguido que la imagen de Doña Leila bajando por el camino de las luciérnagas,
con las chanclas en las manos y la cabeza gacha, de camino a su casa, se hubiese
desdibujado, no fuese más que un vago recuerdo plagado de niebla. Supongo que sólo
estaba posponiendo mi sentimiento de pérdida. Que mi lectura rescataba el recuerdo de
aquella chica enigmática, la mantenía con vida. Y cuanto más me rebanaba los sesos por
encontrar sentido a todas aquellas páginas dobladas, sobre todo la del final, buscando
frases que la definiesen, más me alejaba de quién era Sofía en realidad.
El papel había surgido de la nada para evidenciar que ella no era quien me estaba
construyendo en la cabeza. Era otra. Otra que por último preguntó: ¿Para qué? Y yo,
que no sabía a qué se refería, por más que leí sus libros, nunca hallé respuesta.
Fin
Texto: ElSoldeLucía
Ilustración: Guillermo Pérez Rancel
Pueden leer este relato en la revista Hoy & Today, y si quieren leer el relato al completo hagan click en la pestaña Relatos ilustrados o viceversa.
12 de julio de 2011
Relatos ilustrados X : Página doblada II
16 de junio de 2011
Relatos ilustrados IX: Página doblada (por Joaquín Artime)
11 de febrero de 2011
Relatos ilustrados VIII: Restaurante cocodrilo
A la orilla del río, un cocodrilo llorón se quejaba de sus dolores de encía. Dencía, digo, decía que al no tener dientes de oro no podía permitirse ni un blanqueado dental en el dentista. Tal roña se acumulaba en su larga mandíbula que sus lágrimas de cocodrilo y su voz lastimera alertaron a un pajarito rosado y enclenque que pasaba por ahí.
- ¿Qué te pasa, cocodrilo? ¿Lloras por lo bella que es la luna? - El pájaro era en extremo sensible.
- No digas boberías, pajarraco, me duele aquí. - dijo el viejo reptil abriendo su bocaza
- ¿Dónde, lindo amigo? Soy pequeño y para mí tu boca es como un jardín inexplorable de plantas carnívoras deseosas de hincarme el diente...
- Pues eso, pesado, los dientes me duelen.
- ¡Oh, los dientes! Qué triste coincidencia. Un carnívoro sin dientes es como una flor sin pétalos en una noche estrell...
- Cállate, pesado, tu voz de pito hace que me duelan más las encías. ¿Podrías adentrarte en mi boca y mirar cómo están mis dientes?
- Si es un truco vulgar de carnívoro hambriento no seré yo el que sospeche, pues la vida me ha hecho benévolo e ingenuo - dijo adentrándose en las fauces del animal - Oh, qué curioso, tienes acumulada entre incisivo, colmillo, molar y premolar suculentos tesoros culinarios.
El cocodrilo pensó que para ser tan delicado en las formas, aquel pájaro no gozaba de un gusto demasiado exquisito. Empezó a picotear de aquí y de allá y al cocodrilo se le fueron disipando los dolores.
- ¡Rico, rico!
Las noches siguientes la boca del cocodrilo era un festín, muchos pájaros se acercaron a probar los platos que preparaba el ya no tan pequeño pájaro, cuyo volumen había crecido perceptiblemente. Así les dijo a sus invitados:
- ¡Qué gran invento la cocina de diseño!
- No, no, no - le respondió uno de ellos - ¡Qué gran invento la simbiosis!
29 de junio de 2010
Relatos ilustrados o viceversa VII: O algo así.

Sostenía el violín con maestría, y recuerdo que rogó que la disculpásemos por si tocaba con los ojos cerrados. Dijo que así no solo estaba tocando, sino sintiendo.
Me senté en la última fila, sin pensar en la música, pero teniéndola en consideración. Su cabello en espiral hacía juego con la cola del vestido, como un laberinto, seguir su recorrido me llevaba a ninguna parte. Sentí por aquel instrumento de cuerda una terrible envidia.
Se apoyó en la banqueta, pero mantuvo uno de sus pies en contacto con la tarima. Con su mano derecha sacó de las profundidades de su pelo rizado un arco para el violín, con el que pareció apuntarme durante un momento. Empezó a tocar, más bien a abocetar una melodía, aunque los músicos prefieren llamar a este proceso "afinar".
Y aunque yo quería hacer como ella, cerrar los ojos y sentir, no pude dejar de mirar.
30 de mayo de 2010
Relatos ilustrados o viceversa VI: Los árboles libidinosos.
Un sendero atravesaba el bosque como si de una cicatriz se tratase. Nina siempre recorría aquel camino de regreso a casa. Era el mismo camino, pero al revés, cuando iba a trabajar. Era tarde, el sol se había puesto, y aún quedaba un puñado de kilómetros hasta llegar a su meta. Nada interrumpía sus acompasados pasos, ni siquiera las ganas de descalzarse, ni las ganas de visitar el baño. Pensaba: “Debí haber ido antes de salir de la oficina”

9 de marzo de 2010
Relatos ilustrados V: ¿Cómo era?
Todo era tópico.
La gramola, la luna,
Jazz de fondo. Billie de canción de cuna.
Una luz cenital que marcaba los rasgos de dos.
Incluso las preguntas eran tópicas.
¿Qué hace una chica como tú en un sitio tan peligroso como este?
Esa pregunta podía significar pocas cosas, como que recurría a frases de cine para salpimentar mi insípida labia.
Frases tipo:
"Deja la botella"
"No, Tom, has bebido demasiado. Llamaré a un taxi para que te lleve a casa"
"Te pagaré más"
Tom sabe que en los taxis no le van a servir copas, solo un precio abusivo y algún que otro mareo.
Por eso decide quedarse. Porque algo le dice que debe quedarse. Pero el camarero no le va a servir más, y todo esto no le va a servir de nada.
Llamémoslo alcoholismo.
O amor por la botella, que queda bien como conjunto y suena bien cuando lo pronuncia alguien sabio. Como todo lo que pronuncie alguien sabio.
Pero quizás no era eso.
La pregunta también podría significar que el sitio fuese peligroso.
Y la definición del diccionario de la última palabra de la frase anterior no significaba mucho. Al menos entonces. Parecían John Travolta y Uma Thurman hablando sobre silencios incómodos.
Salieron del lugar nosesabecuántodespués. Y por el mismo lugar por el que entraron. ¿La razón por la que estaban allí? Ya nos la inventaremos.
Un poco con la sensación de dejarse algo, como cuando viajas.
Con nervios, como cuando viajas. Con recuerdos, como cuando viajas.
Lo estoy viendo.
Mi primera película.
Formato panorámico.
Cinta en blanco y negro por exigencias del guión.
Músicos contratados.
Mucho diálogo, poca acción.
Un casting selectivo.
Pocos extras, algunas cámaras, mucho juego de luz.
Fundidos en negro.
Sólo falta el título.
-No has respondido a mi pregunta...¿Cómo era?-Pensé que preguntabas por mi idea.
-No. Por ella.
-Ah, pues...
Escribo poco. Y sé que muchos de los que entran aquí lo hacen por costumbre, necesidad o desahogo. Diversión también. Hoy creo que ha sido un poco de todo. Sigan con ese noble vicio de la escritura.
Saludos.
26 de enero de 2010
Relatos ilustrados IV: Crónica de una quimera porcina (por Daniel R.)
El amor, al igual que los excrementos, puede encontrarse en los lugares más insospechados. Yo lo hallé en una salchicha de Frankfurt, cuando trabajaba en una fábrica gris de envasado de salchichas. Para una persona enamoradiza, este hallazgo sería menos raro que para mi, pues una especie de frigidez congénita me ha privado siempre de experimentar las sensaciones secundarias a este sentimiento. Nunca sentí pasión alguna por mi familia. Los perros, los gatos y los niños me parecen seres neutros y aún no ha habido bípedo o cuadrúpedo que me enternezca hasta efectuar secreción sudorípara, salivar o lacrimal alguna. Miro con el mismo fervor las películas románticas y las operaciones de hígado. Beso a las muchachas igual que a mi abuela o un maniquí.
En principio, una salchicha no debería ser una entidad con capacidad para inocular en mi un sentimiento de la importancia del amor, puesto que a priori se trata de un ser inerte de origen porcino, incapaz de confundir la compleja mente humana. Pero en el momento del flechazo, algo hizo que esta salchicha se convirtiera para mi en un ser de un potencial magnético insoportable. Quizá fuera la reverberación de la luz otoñal entrando a través de una persiana de la fábrica lo que le dio un fulgor irresistible, un nimbo etéreo, una apariencia epifánica. Quizá fue que ese día tenía las defensas bajas. En cualquier caso y siendo pragmáticos, lo importante no es cómo sucedió esta situación sino cómo me enfrentaré a ella.
Las dudas se han concentrado en mi desde que la salchicha es mi amor secreto. Mi inexperiencia y la rareza del caso me pueden. Qué debo hacer para interactuar con el objeto amado. ¿Plantarlo en una maceta? ¿Colocarlo en un altar? ¿Frotarme con el? Cómo saciará las necesidades que surgen tras el tacto. Qué será de ella cuando yo muera. Toda esta incertidumbre me causa un enorme desasosiego en un área subcutánea de veinte centímetros alrededor de mi ombligo.
Mientras tanto mis hábitos de vida han cambiado. Me he vuelto ovo lacto vegetariano por respeto a la salchicha. Me he convertido en budista y espiritista, para intentar contactar con su vida anterior. Hace poco estuve pensando que la salchicha en su vida primitiva no era un todo en si mismo, sino solamente una parte de un todo, lo que me hizo experimentar una sensación de absurdo espiritual y una profunda congoja en la garganta, tanta que aun hoy me dan ganas de llorar cuando trago.
Yo hablo con la salchicha, le susurro palabras dulces, le recito poemas de Neruda, le compro verduras en el supermercado, y a veces me parece que se eriza, que la enternezco, que se humedece, que su piel se vuelve más rosada. Pero otras veces parece tan fría, tan seca, tan distante que pienso que igual no me corresponde, que quizá se trate de una salchicha nihilista, deprimida por su escasez de autonomía y sus parcas expectativas vitales o que simplemente no esté enamorada de mi sino de otro. Entonces siento celos, la insulto, me arrepiento, le pido perdón de rodillas y mientras espero por su parte alguna señal de indulgencia a mi arrebato celopático, pienso que la vida es demasiado complicada.
16 de septiembre de 2009
Cercenar
Sin embargo, eso de disfrutar se le había acabado hace tiempo... unas 24 horas diría, según el estado del cuerpo a simple vista. Tendría alrededor de...25 años . La habían encontrado bastante lejos de la ciudad, en mitad de una carretera comarcal y totalmente desnuda. La causa de la muerte es aún un enigma, pero estaba seguro de que no había sido desangrándose.
Se veía tan joven e inocente.
O lo sigue siendo.

- ¿Dónde está la pieza que falta?
22 de abril de 2009
La historia de esta ciudad (Primer contacto)
Quienes conocen esta historia saben de la existencia de una ciudad. Quienes la han visitado han oído leyendas sobre un anciano pintor de grandísima altura. Los que viven en ella le echan de menos, y quizás sea porque mucho tiempo ha pasado desde que aquel colosó pinto a brocha y pincel cada edificio. Quienes convivieron con el gigante hablan sobre él, pero son muy pocos los que lo vieron y menos aún los que lo recuerdan. Ha pasado mucho tiempo desde entonces...
Los habitantes y los colores comparten algo en común, han envejecido con el tiempo. Se dice que, antes de marchar muy lejos, el gigante decidió pintar una última cosa: la Torre Alta.
Torre alta - Boceto en acuarela

¿Coco y Cecé? Boceto en acuarela

Hombre señal indica el camino
Tolón tolón.
22 de junio de 2008
Ilustraciones relatadas III: Honor y menciona.
Alguien menciona mi nombre. Podría ser cualquier persona que lo conociese, pero fue precisamente ella.
Alcé la vista, y vi como sus ojos estaban sobre mí mucho antes de que yo los abriese. ¿Su cara? Se podría decir que las circunstancias hacían de sus rasgos un collage difícil de descifrar. Se podría decir incluso que su cara era de circunstancias. Dejé que el tedio que me empapaba de arriba a abajo cayera estrepitosamente. Me levanté, preparé mis bártulos y ella revisó su atuendo. Estaba guapa, pero eso no significaba que su indumentaria fuese acorde a mi gusto. Mientras yo me vestía, ella aprovechó para mirarse en el espejo y retocar su delicado decorado facial. Qué guapa se creía, sabía que sus virtudes sobre el escenario no podrían verse empañadas por un defecto de aquella pintura mural que sostenía su cabeza, que bien se conocía.
Después salimos, con la típica mirada de saber que no estamos en el lugar adecuado. Esa mirada más de película que de libro. Subimos al coche, como siempre ella bajó el espejo que descansaba frente a su asiento y continuó con la pertinente manipulación de su lienzo, en este caso, sus ojos. Tiernos e inocentes.
Lo siguiente que sucedió fue previsible, puse la radio mientras ella miraba pensativa el paisaje colindante. Lo sucedido en el trayecto fue irrelevante, hasta que cuando empezaba a avistar el final de aquel viaje un sonido alertó mi calma. Por el retrovisor luces de color azul parpadeaban y sólo podían significar una cosa. Las autoridades pertinentes, en este caso, impertinentes. Paré.
El agente se acercó con parsimonia mientras yo lo observaba por el retrovisor izquierdo. Su andar era lento pero seguro, pesado pero consistente, y temible como ninguno.
El sonido que acompaña a una ventanilla bajándose se vio eclipsado por la pregunta del policía:
-¿Señor, a qué velocidad circulaba?
Miré el velocímetro por primera vez en todo el viaje, pero entonces marcaba cero.
- No lo sé, señor agente.
- Bien, deme los papeles.
Aquellos grotescos encuentros burocráticos me horrorizaban, nunca estaba seguro de llevar encima todos esos documentos acreditativos e indispensables. Miré a mi compañera, ella volvía a mirarme con aquella cara de desesperación con la que me había despertado. Quizá si el agente viese y descifrase aquel rostro me dejase seguir mi precipitado camino.
- Un momento, por favor.
- Vaya, qué princesita más guapa.
La vio, era el momento clave.
- ¿A dónde la llevas, Romeo?
No sé si el tono era simpático o de ese gusto irónico que les suele caracterizar. Y más a las 9:30 de la mañana. Media hora tarde, mi honor empezaba a tambalearse. Empezaba a ver la cara de mi esposa, herida y enfadada. ¿Cómo has podido? ¡Eres un desastre! Hoy era un día importante. Entonces formulé la respuesta de la que casi me había olvidado:
- ¿Que a dónde vamos? Hoy mi hija tiene la función de fin de curso, y llegamos media hora tarde.
- Ah, felicidades jovencita. Por hoy se la perdono, caballero, pero tenga ojito.
- Gracias señor agente, ya sabe los fallos que suelen dar esos despertadores.
Se río y pronunció algo indescifrable mientras se alejaba rumbo a su vehículo. Arranqué y seguí, el colegio no quedaba muy lejos, y por suerte, la lluvia retrasó el evento.
Menos mal.
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