12 de julio de 2011

Relatos ilustrados X : Página doblada II

Y continúa el relato, esta segunda parte escrita por Carmen Martín e ilustrada por mí. Y de nuevo sale publicado en la revista Hoy & Today. Espero que les guste:



        No podía detenerme, era superior a mí, daba igual el resto del mundo, me encontraba ajeno a él por completo. Mi meta estaba fijada en esa última hoja, la que tenía un pequeño doblez en una esquina. Lo último que Sofía había leído antes de morir. Me intrigaba saber qué había sido eso último, si ahí se escondía acaso la respuesta de su muerte, una pista.

Así que leía sin detenerme. Mi madre me había arrancado el libro de las manos el día anterior con la amenaza de no devolvérmelo si no descansaba y comía algo. Ella no lo entendía, nadie podía entenderlo, sólo yo, sólo ella y yo. Pero ella ya no estaba y yo mantenía la leve esperanza de que si ponía atención a esa última página, entonces entendería el porqué de su decisión.

Durante los días en que leí con desenfreno no pensé en ella ni en el hecho de que ya no estaba aquí, de que hacía días que no la veía pasear con su libro bajo el brazo y esa pamela blanca que llevaba cuando se iba al prado a leer bajo el roble de la ladera.

No había tiempo para eso, sólo me concentraba en entender la historia que leía y mientras avanzaba, a cada página, intentaba encontrar una conexión, intentaba recordar si ella, como el protagonista, iba perdiendo parte de sí misma por el camino, si dejaba atrás cada día un poco de sí y se iba tornando gris y anodina, pero yo jamás la vi así, nunca fue gris, quizá azul o un poco malva, pero nunca gris.

El domingo por la mañana, casi sin darme cuenta, mis dedos pasaron la última página marcada, la última señal de su vida en el libro. Cerré los ojos, respiré hondo y los abrí de nuevo poniendo en ellos cada uno de mis sentidos.

Leí con prudencia, con detenimiento, con ansia. Pero no encontré nada. Nada que me dijera qué había pasado. ¿Era yo tan estúpido como para pasar una pista por alto? Yo, que tenía las obras de Schlink como libro de cabecera.

No era posible. Algo no encajaba, algo no estaba bien. Lancé con ira el libro contra la pared, se estrelló con un ruido seco y cayó con sus hojas abiertas, como hablándome, pidiendo una segunda oportunidad.

Me restregué los ojos, enfurecido, sintiéndome estúpido por creer que algo se ocultaba, que yo era especial y que podía ver cosas que al resto del mundo le pasaban desapercibidas. Estúpido. Me arrodillé en la cama y vi el libro en el suelo. Un fino papel color sepia se abría paso entre las hojas abiertas, justo detrás de la última página marcada.



1 comentario:

Ana dijo...

Buen trabajo, felicidades a Carmen Martín y a ti.
:)