10 de agosto de 2011

Relatos ilustrados XI: Página doblada (III)



Por un momento creí que se podía tratar de una nota de suicidio. Un último esfuerzo por
explicarle al mundo el por qué se había quitado la vida, pero no fue así. En cuanto mis
manos temblorosas desdoblaron aquel trozo de papel, sólo hallaron dos palabras escritas
de su puño y letra, en tinta negra: ¿Para qué?

Su rotundidad apelmazó mi ánimo. Me contrajo el estómago y me sumió en la más
terrible de las tristezas. Ni cuando me contaron cómo había muerto me había sentido tan
atronadoramente desorientado. Después de todo, Sofía siempre había sido una persona
solitaria, y aunque se mostraba amable y afectuosa, todos sabíamos que cargaba un
visceral silencio sobre sus delicados hombros.

Un silencio que la acompañó hasta lo más alto del acantilado. Que la contempló
mientras se quitaba la pamela, las chanclas; mientras doblaba el vestidito blanco, la
ropa interior; mientras colocaba, con sumo cuidado, sus últimas pertenencias en el
borde del precipicio. Un silencio que nada dijo cuando el viento se llevó consigo las
telas. Un silencio que no supo darle motivos para quedarse en tierra. Que no puso freno
entre aquella muchacha desnuda y las rocas donde rompía el mar. Y que sólo se quebró
cuando Pedrito descubrió el cuerpo de Sofía Aranda.

Aquella misma noche no hubo tregua. Las lenguas de Albide formularon todo tipo de
hipótesis. Y la única que lloraba, la pobre Doña Leila, no encontró descanso alguno en
brazos de nadie, salvo en el rumor de las olas golpeando la costa, junto a las chanclas
que Pedrito no había sido capaz de tocar.

Con el libro, había logrado alejar de mí todos aquellos pensamientos. Incluso había
conseguido que la imagen de Doña Leila bajando por el camino de las luciérnagas,
con las chanclas en las manos y la cabeza gacha, de camino a su casa, se hubiese
desdibujado, no fuese más que un vago recuerdo plagado de niebla. Supongo que sólo
estaba posponiendo mi sentimiento de pérdida. Que mi lectura rescataba el recuerdo de
aquella chica enigmática, la mantenía con vida. Y cuanto más me rebanaba los sesos por
encontrar sentido a todas aquellas páginas dobladas, sobre todo la del final, buscando
frases que la definiesen, más me alejaba de quién era Sofía en realidad.

El papel había surgido de la nada para evidenciar que ella no era quien me estaba
construyendo en la cabeza. Era otra. Otra que por último preguntó: ¿Para qué? Y yo,
que no sabía a qué se refería, por más que leí sus libros, nunca hallé respuesta.

Fin


Texto: ElSoldeLucía
Ilustración: Guillermo Pérez Rancel

Pueden leer este relato en la revista Hoy & Today, y si quieren leer el relato al completo hagan click en la pestaña Relatos ilustrados o viceversa.

4 comentarios:

Ana dijo...

Triste final, pero así son algunos desenlaces.
Saludos
:)

Parpa dijo...

que lindo!

daniel paniagua díez dijo...

Es muy interesante lo que has escrito. Yo tengo un libro con el título de Camino de las luciérnagas y uno de los personajes centrales se llama Laiba. Por instantes pensé en algún tipo de serendipia.
Sigue escribiendo y lo iremos leyendo.

Guille Rancel dijo...

Hola, Daniel. Gracias por visitarme.
El relato no es mío, solo las ilustraciones, en las 3 partes.
Puedes ver otros relatos en la sección, algunos escritos por mí o por amigos.
A ver si leo algo tuyo.
Saludos!