14 de diciembre de 2017

Lirio





Nació un día de lluvia silenciosa, los ojos grises atentos y la nariz enrojecida. El pelo tan oscuro como el de su padre. Lirio fue la única de sus hermanos que sobrevivió al primer año de vida. Su piel fría la mantenía protegida de mosquitos y serpientes. Fue creciendo como una niña fuerte. Nunca lloraba, pero tampoco sonreía. "Esa tiene la sangre amarga", decían. Todos los veranos su madre le rapaba la cabeza, por aquello de evitar las plagas. Le gustaba atrapar avispas azules con las manos, y lanzar pequeñas piedras a los ratones. Los mataba de un solo golpe, nunca fallaba. El día que cumplió nueve, su padre le fabricó un arco de una madera tan suave y pálida como sus manos. Aprendió a hacerse sus propias flechas con las ramas que arrancaba de los sauces viejos, y las plumas caídas de las águilas de cola blanca que, muy de vez en cuando, sobrevolaban la aldea. Tenía un ritual cuando salía a practicar al bosque, algo casi inconsciente, finas tiras de seda apretadas en los brazos y dos líneas rojizas pintadas en la cara. Las plantas salvajes cosidas a sus ropas y su olor casi inexistente le permitían mimetizarse con aquella atmósfera cálida y densa en la que se perdía. 
Hace ya dos veranos que su madre no le rapa la cabeza, dos veranos desde que la última plaga se llevó a su padre. Ahora luce una melena oscura y espesa, decorada con las flores que hacen honor al nombre que él le puso.  

Relato de Ana Cruz 
IG: @kjhtre

1 comentario:

Anónimo dijo...

Conmovedora