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21 de enero de 2013

Greta y las hadas de Groenlandia (Greta and the Greenland fairies)

Greta y las hadas de Groenlandia es un cuento escrito por Salomé R. Hage e ilustrado por mi, que cuenta las peripecias de la princesa Greta y su amigo Bob, la bola de nieve, en busca de las hadas raptadas por Anatolia, una niña malvada que vive en un árbol del bosque...
Es un cuento animado, interactivo, musical y muy colorido, lleno de fantasía e imaginación. Lo pueden localizar en la App Playtales, y está disponible en iPad, iPhone, Android y Tablets.

Espero que lo descarguen y lo disfruten!






¿Cómo descargarlo?


10 de agosto de 2011

Relatos ilustrados XI: Página doblada (III)



Por un momento creí que se podía tratar de una nota de suicidio. Un último esfuerzo por
explicarle al mundo el por qué se había quitado la vida, pero no fue así. En cuanto mis
manos temblorosas desdoblaron aquel trozo de papel, sólo hallaron dos palabras escritas
de su puño y letra, en tinta negra: ¿Para qué?

Su rotundidad apelmazó mi ánimo. Me contrajo el estómago y me sumió en la más
terrible de las tristezas. Ni cuando me contaron cómo había muerto me había sentido tan
atronadoramente desorientado. Después de todo, Sofía siempre había sido una persona
solitaria, y aunque se mostraba amable y afectuosa, todos sabíamos que cargaba un
visceral silencio sobre sus delicados hombros.

Un silencio que la acompañó hasta lo más alto del acantilado. Que la contempló
mientras se quitaba la pamela, las chanclas; mientras doblaba el vestidito blanco, la
ropa interior; mientras colocaba, con sumo cuidado, sus últimas pertenencias en el
borde del precipicio. Un silencio que nada dijo cuando el viento se llevó consigo las
telas. Un silencio que no supo darle motivos para quedarse en tierra. Que no puso freno
entre aquella muchacha desnuda y las rocas donde rompía el mar. Y que sólo se quebró
cuando Pedrito descubrió el cuerpo de Sofía Aranda.

Aquella misma noche no hubo tregua. Las lenguas de Albide formularon todo tipo de
hipótesis. Y la única que lloraba, la pobre Doña Leila, no encontró descanso alguno en
brazos de nadie, salvo en el rumor de las olas golpeando la costa, junto a las chanclas
que Pedrito no había sido capaz de tocar.

Con el libro, había logrado alejar de mí todos aquellos pensamientos. Incluso había
conseguido que la imagen de Doña Leila bajando por el camino de las luciérnagas,
con las chanclas en las manos y la cabeza gacha, de camino a su casa, se hubiese
desdibujado, no fuese más que un vago recuerdo plagado de niebla. Supongo que sólo
estaba posponiendo mi sentimiento de pérdida. Que mi lectura rescataba el recuerdo de
aquella chica enigmática, la mantenía con vida. Y cuanto más me rebanaba los sesos por
encontrar sentido a todas aquellas páginas dobladas, sobre todo la del final, buscando
frases que la definiesen, más me alejaba de quién era Sofía en realidad.

El papel había surgido de la nada para evidenciar que ella no era quien me estaba
construyendo en la cabeza. Era otra. Otra que por último preguntó: ¿Para qué? Y yo,
que no sabía a qué se refería, por más que leí sus libros, nunca hallé respuesta.

Fin


Texto: ElSoldeLucía
Ilustración: Guillermo Pérez Rancel

Pueden leer este relato en la revista Hoy & Today, y si quieren leer el relato al completo hagan click en la pestaña Relatos ilustrados o viceversa.

13 de julio de 2011

Fiebre veraniega (Revista Sin Nombre Julio)


Pueden ver la edición de la revista Sin Nombre de Julio haciendo click aquí. Participo con portada y un par de viñetas veraniegas. De nuevo recordarles que pueden participar en la misma con relatos, dibujos, etcétera...







Espero que les guste


y no se olviden de seguir Jaque Primate en Facebook!
  

12 de julio de 2011

Relatos ilustrados X : Página doblada II

Y continúa el relato, esta segunda parte escrita por Carmen Martín e ilustrada por mí. Y de nuevo sale publicado en la revista Hoy & Today. Espero que les guste:



        No podía detenerme, era superior a mí, daba igual el resto del mundo, me encontraba ajeno a él por completo. Mi meta estaba fijada en esa última hoja, la que tenía un pequeño doblez en una esquina. Lo último que Sofía había leído antes de morir. Me intrigaba saber qué había sido eso último, si ahí se escondía acaso la respuesta de su muerte, una pista.

Así que leía sin detenerme. Mi madre me había arrancado el libro de las manos el día anterior con la amenaza de no devolvérmelo si no descansaba y comía algo. Ella no lo entendía, nadie podía entenderlo, sólo yo, sólo ella y yo. Pero ella ya no estaba y yo mantenía la leve esperanza de que si ponía atención a esa última página, entonces entendería el porqué de su decisión.

Durante los días en que leí con desenfreno no pensé en ella ni en el hecho de que ya no estaba aquí, de que hacía días que no la veía pasear con su libro bajo el brazo y esa pamela blanca que llevaba cuando se iba al prado a leer bajo el roble de la ladera.

No había tiempo para eso, sólo me concentraba en entender la historia que leía y mientras avanzaba, a cada página, intentaba encontrar una conexión, intentaba recordar si ella, como el protagonista, iba perdiendo parte de sí misma por el camino, si dejaba atrás cada día un poco de sí y se iba tornando gris y anodina, pero yo jamás la vi así, nunca fue gris, quizá azul o un poco malva, pero nunca gris.

El domingo por la mañana, casi sin darme cuenta, mis dedos pasaron la última página marcada, la última señal de su vida en el libro. Cerré los ojos, respiré hondo y los abrí de nuevo poniendo en ellos cada uno de mis sentidos.

Leí con prudencia, con detenimiento, con ansia. Pero no encontré nada. Nada que me dijera qué había pasado. ¿Era yo tan estúpido como para pasar una pista por alto? Yo, que tenía las obras de Schlink como libro de cabecera.

No era posible. Algo no encajaba, algo no estaba bien. Lancé con ira el libro contra la pared, se estrelló con un ruido seco y cayó con sus hojas abiertas, como hablándome, pidiendo una segunda oportunidad.

Me restregué los ojos, enfurecido, sintiéndome estúpido por creer que algo se ocultaba, que yo era especial y que podía ver cosas que al resto del mundo le pasaban desapercibidas. Estúpido. Me arrodillé en la cama y vi el libro en el suelo. Un fino papel color sepia se abría paso entre las hojas abiertas, justo detrás de la última página marcada.



16 de junio de 2011

Relatos ilustrados IX: Página doblada (por Joaquín Artime)


     La muerte de Sofía Aranda nos cogió a todos por sorpresa, sobre todo a mí, que nunca fui capaz de hablar con ella. En cuanto me llegó la terrible noticia, un peso horrendo cayó a mis pies, como empapado en alquitrán. Entendí que durante un tiempo, cada paso supondría un terrible sacrificio, un enorme peso. Probablemente dejaría un rastro negro, una pista que delataría lo que me prometí hacer y nunca cumplí. 

A nadie le había confiado mi secreto. Tampoco es que yo estuviese enamorado de ella. Apenas era una ilusión lejana. Es más, si lo pienso, precisamente era la distancia la que facilitaba el que yo diese rienda suelta a mi imaginación adolescente. La psicoanalizaba. Justificaba cada gesto, cada respuesta, cada sonrisa. La idealizaba sin descanso. Inventaba una vida anterior, en la ciudad. Ponía nombres y caras a viejos amantes. Construía pasiones y dramas entre las paredes de alguna universidad. Incluso, en las tardes más inspiradas, le otorgaba un motivo por el cual huir, y acabar en este maldito pueblo. 

Yo contaba con apenas quince años. Ella tenía veintitantos. Sin embargo, nos unía un interés en común: la lectura. Sofía siempre cargaba algún libro, lo llevaba a todas partes. A veces era fino, otras bien grueso. Me fascinaba que fuese capaz de sentarse en cualquier banco y se pusiese a leer. Llevaba en sí inscrito el desdén del que se cree que no es observado. En Aldibe siempre hay alguien que está mirando, juzgando, pero a ella le daba igual. Era libre. O eso me gustaba creer.

Días después del entierro, su tía vino a casa. Quería hablar conmigo. “¿Para qué?”, le pregunté a mi madre. “No lo sé”, contestó ella. Me negué en redondo, pero sus amenazas bien apuntaladas ganaron el pulso a mi miedo.. En cuanto entré en el salón y me senté en el silloncito, Doña Leila puso un libro sobre mi regazo. “Los chicos de la cancha me han dicho que a ti te gusta leer, ¿es así?”. Asentí avergonzado. “Pues bien, tengo en casa una habitación llena de libros. Son de mi sobrina. No los puedo tirar, no me atrevo. Tampoco los quiero. Son muchos. Me preguntaba si tal vez tú los querrías”. Con el gesto grave, le aseguré que sí. “Bien, aquí te dejo uno. En cuanto lo termines, ven a casa a por otro. Quiero que vayan saliendo poco a poco. Necesito tiempo para…”. No terminó la frase y se fue.

Examiné el libro. “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”, de Hauriki Murakami. Nunca oí hablar de él. Pasé las hojas. Las esquinas de un gran número de páginas estaban delicadamente dobladas. “Al parecer éste era el libro que se estaba leyendo antes de morir”, me informó mi madre. “¿Lo terminó?”, inquirí. “No”, respondió ella.
























Este relato sale publicado en la revista Hoy & Today,  que pueden ver haciendo click aquí.
Joaquín Artime es un artista canario, y este es su blog